Desembarcando en Colombo
Sobre las nueve de la mañana llegamos a la bahía de Colombo, Ceylon. La isla, con su abundancia de árboles verdes, era muy tranquila y satisfacía nuestros ojos después del hechizo de calor que habíamos pasado en el océano viniendo de Aden.
Los pasajeros ya se habían preparado antes de que anclaramos, para ir a tierra; y según ibamos entrando lentamente en el pequeño puerto, donde había un montón de barquitas, nos mantuvimos impacientemente de pie esperando la primera oportunidad para desembarcar.
A pesar de nuestra impaciencia no pudimos dejar de estar impresionados con la belleza de Colombo y la vista desde la cubierta de nuestro barco. Según ibamos entrando entre los preciosos barcos que descansaban en la bahía, pudimos ver la verde isla llena de edificios bajos con arcos que parecían, al reflejo del sol, palacios de mármol. En la parte de atrás estaba el azul, bien azul mar, que saltaba en pequeñas montañitas formadas por las blancas olas que se hundían en el azul mar de nuevo. Formando el fondo de la ciudad estaba una gran montaña, que nos dijeron que se llamaba el Pico de Adam.
Acompañado por un amigo, fui la primera en dejar el barco. Algunos pasajeros que estaban antes de nosotros cogieron la barca de vapor. Mi acompañante dijo que me iba a dar una experiencia nueva, y me enseñó un pequeño barco que viajaba más rápido que la barca de vapor. El caballero que se ofreció a ser mi acompañante durate nuestra estancia en tierra era un viajero con gran experiencia. Hacía un viaje al mundo cada año desde hacía varios años y conocía los países del este como su casa. Aún así, cuando ví el barco en el que quería que fuésemos, dudé de su juicio, pero no dije nada.
El barco estaba rudamente construido. El barco podía medir cinco pies de largo y 2 pies de ancho por arriba; disminuyendo en el casco, asi que no er alo suficientemente ancho para permitir descansar los pies. Había dos sitios en la mitad del barco mirando uno al otro. Estaban ocupados por sacos de café que se tenían que quitar para dejar paso a los pasajeros. Los dos hombres se sentaron al final de este peculiar barco, con un pedal cada uno. Los tuirstas llamaban a estos barcos, outriggers, pero la gente de Ceylon los llamaba, catamaranes.
Pero con ligero esfuerzo los hombres hicieron que el barco cortara el agua, y en unos momentos había dejado en la distancia a la barca de vapor, y habíamos conseguido alojamiento en el hotel antes incluso que la barca llegara a tierra. Se dice que en Colombo los pescadores nativos usan los catamares, van al mar con ellos y que son tan seguros y tan manejables en el mar que no ha habido ningún accidente.